Y que se haga el miedo...

26/6/2011

En octubre de 2010, cuando Santos anunció, desde el distrito de Aguablanca (en Cali), que generaría "más y mejor seguridad", advertí el riesgo que se corre cuando la expansión punitiva es fruto de un sentimiento extendido e incierto de miedo. Sin negar los elementos objetivos que dan lugar a la inseguridad en ese distrito y en muchas zonas urbanas del país, advertí que las crisis no deberían ser tratadas cíclicamente como emergencias y que el gobierno debería convocar a una reflexión técnica sobre las rutas disponibles para responder a la situación, evitando la adopción de medidas irreflexivas como resultado de la irradiación del miedo.

Ocho meses más tarde, cunde el pánico, la policía está en todo lado (por estos días en Cali) realizando capturas inefectivas, y muchos piden más y mejor castigo, a cualquier costo.

El Congreso adoptó, como si nada, cambios en la ley penal, el procedimiento penal, la ejecución de penas y el régimen penal aplicable a los menores de edad. Esta iniciativa se conoce como Ley de Seguridad Ciudadana. Sin embargo, la situación es cada día más grave (o, al menos, eso parece). Y el miedo crece?

Día tras día el país avanza en un proceso de inflación penal: más cárcel, más penas, más personas para penar (ahora, los menores de edad). Año tras año, algún iluminado propone la introducción de la pena de muerte. Recientemente, el turno ha sido para una iluminada que pide la instauración de la cadena perpetua. Y no pasa crisis carcelaria, sin que se produzca la brillante solución de construir más cárceles que, probablemente, se construirán y se llenarán para generar la próxima crisis. Este año se ventila la idea de privatizar la cárcel como solución. Aunque no sea nueva la idea, esta vez, parece que va en serio (al menos bajo un esquema gradual).

Parte de la sociedad colombiana está enamorada de los discursos que prometen castigo. Estas personas no parecen interesarse mucho sobre la efectividad del castigo para lograr cosa alguna. Su encantamiento se queda con el pronunciamiento público contra el mal, como si esto lograra hacerlo desaparecer. El movimiento es poderoso porque ciertamente produce un sentimiento de rechazo moral colectivo: nosotros los buenos estamos en contra de los malos y rechazamos el crimen. Un ejercicio simbólico que, si bien genera un sentimiento de solidaridad al nombrar el mal, también genera un vacío en respuestas públicas en la medida en que no exige respuesta distinta al castigo frente a problemas sociales.

Poco a poco, el miedo al crimen y a los "criminales" se consolida como forma de gobierno. Los "sospechosos de siempre" se utilizan para pedirle al ciudadano ordinario su aval a medidas draconianas que, como ciudadano-bien, supuestamente nunca lo afectarán.

Los monstruos y las aberraciones son instrumentos útiles para la inflación penal. Ocasionalmente se teje un monstruo que fácilmente genera alarma social y demanda más castigo. Por estos días se utiliza la figura de Garavito, un confeso violador de niños. Para evitar ser malinterpretado: condeno abiertamente los actos cometidos por Garavito, pero rechazo que sobre su caso se quieran motivar reformas generales al sistema penal colombiano, como la introducción de la cadena perpetua.

El castigo es, ciertamente, "un mal necesario" pero no es una solución mágica. A golpe de código penal no lograremos la prometida seguridad. Sólo decisiones reflexivas, algunas impopulares, podrán hacer frente al sentimiento de inseguridad y responder a la cuestión criminal como un problema social. El miedo no es amigo de la reflexión, pero sí de la inflación y la exageración. Aunque resulte impopular frente al sentimiento de inseguridad que se extiende: "Calma y sin alarma, que la inseguridad no es nueva y no desaparecerá con amenazas".

Michael Reed Hurtado

Director del Centro Internacional para la Justicia Transicional en Colombia

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