Más que palabras: Las disculpas como forma de reparación

17/11/2016

Ruben Carranza, Cristián Correa y Elena Naughton

Las disculpas públicas oficiales son un elemento importante de la política de justicia transicional. Como forma de reparación simbólica, una disculpa es un reconocimiento formal, solemne y, en la mayoría de los casos, público de que se cometieron violaciones a los derechos humanos en el pasado, de que estas causaron daño grave y a menudo irreparable a las víctimas, y de que el Estado, el grupo o el individuo que pide disculpas acepta parte o toda la responsabilidad por lo ocurrido. La decisión de pedir disculpas puede y debe utilizarse para apoyar una visión justa y moral que permita a las víctimas y al público mirar hacia el futuro con esperanza.

Se ha vuelto cada vez más frecuente que líderes políticos se disculpen públicamente ante las víctimas, sus familias y comunidades, a menudo formalmente en el transcurso de un discurso nacional u otro evento ceremonial. Tales presentaciones de disculpas se han dado en medio de procesos de cese al fuego y procesos de paz, no solo por parte de titulares de cargos públicos, como jefes de Estado, ministros, jueces y responsables de la policía, el ejército y los servicios de inteligencia, sino también por líderes paramilitares. Las disculpas que presentan los agentes del Estado constituyen una señal del pleno respaldo del Estado a lo que se está expresando.

Las disculpas no bastan como reparación a las víctimas de violaciones graves. Aunque las disculpas tienen valor en sí mismas y pueden referirse tanto al daño moral como al físico, deben com- binarse con formas materiales de reparación. En particular, debe tenerse cuidado en garantizar que un énfasis desproporcionado en las disculpas no reduzca la posibilidad de que se implementen otras medidas reparativas, como la restitución y la atención médica, para contribuir a limitar a largo plazo el daño causado a las víctimas o para abordar sus necesidades físicas.

En muchos casos, las disculpas deben re ejar un reconocimiento común y compartido de los crímenes del pasado. Describen lo aprendido y lo que debe hacerse para evitar que tales acontecimientos puedan repetirse; a veces marcan el comienzo o la culminación de un período largo de debate, a menudo divisor, y de reflexión en una sociedad. En muchos casos, son las organizaciones de víctimas y sobrevivientes quienes son el motor principal para conseguir la presentación de disculpas y contribuyen a decidir cuándo y cómo tales disculpas podrían presentarse de la mejor manera.

Cualquiera que sea el catalizador, tanto las propias disculpas como el proceso de desarrollarlas puede ayudar a un país a sustituir, por lo menos parcialmente, las recriminaciones partidistas por un diálogo constructivo y a unir a la opinión pública en torno a los objetivos comunes que necesita lograr para avanzar. El proceso de desarrollar consensos sobre la necesidad de disculpas puede ayudar a las sociedades a hacer frente a su pasado, a rearmar sus valores y a cumplir con sus obligaciones hacia las víctimas como seres humanos y ciudadanos en el presente y el futuro.

Dado que las disculpas con frecuencia son actos públicos, por lo general atraen la atención y la mirada de los medios de comunicación. Por ello, el contenido, el tono y el momento de las disculpas son cruciales. Las disculpas más e caces son aquellas que son inequívocas; que no quedan diluidas con un lenguaje restrictivo diseñado para limitar su alcance o para desviar la culpabilidad. Puede ser importante para las víctimas que una expresión de disculpas se haga por escrito, se entregue en un papel, se lea o se pronuncie en voz alta. De la misma manera, el len- guaje hablado, el acceso a materiales escritos, verbales o grabados, el lugar donde se desarrollan y hasta el lenguaje corporal y la apariencia de la persona que ofrece las disculpas, son factores significativos. De hecho, algunas de las disculpas más elocuentes han ocurrido en el lugar donde ocurrieron las violaciones.

Aunque la mayoría de las disculpas oficiales proporcionan cierto consuelo a las víctimas, en algunas ocasiones han sido juzgadas duramente por estar mal concebidas, ser poco sinceras o ineficaces. Por ejemplo, las expresiones de pesar con frecuencia son declaraciones de tristeza y desilusión que no alcanzan a ser disculpas, mientras que las disculpas inequívocas contienen un reconocimiento más explícito, aunque no incondicional, de responsabilidad. Reconocen que ocurrieron injusticias específicas, admiten que las víctimas sufrieron daños graves como resulta- do de ellas y asumen la responsabilidad por lo ocurrido.

Una disculpa e caz toma en consideración lo que las víctimas podrían sentir y pensar sobre lo que se está diciendo. De hecho, las disculpas más e caces son aquellas que se han acordado con los sobrevivientes, las familias de las víctimas o sus representantes, y que abordan el futuro y no solo el pasado. Las que aseguran a las víctimas, y al resto de la sociedad, que lo ocurrido no fue culpa de las víctimas y enfatizan los valores comunes que comparte toda la sociedad.

Aunque las disculpas por sí solas no pueden restablecer plenamente la confianza ni brindar el alivio que las víctimas y la sociedad necesitan para sanar, desempeñan un papel importante al dar sentido a las reparaciones, promover esfuerzos de reformar las instituciones y garantizar la no repetición de las violaciones. Pueden asimismo constituir un paso importante hacia la reconciliación en el camino hacia una paz duradera.

Desafíos en el caso colombiano

En Colombia se han presentado distintos casos de disculpas y de reconocimiento de responsabilidad que pueden ser de utilidad actualmente. Ello es particularmente oportuno dado el prominente lugar que los actos de reconocimiento de responsabilidad tienen en los acuerdos de paz entre el Gobierno y las FARC-EP.

Los acuerdos de paz mencionan este tipo de gestos en varias ocasiones. Los actos tempranos de reconocimiento de responsabilidad colectiva, a que se han comprometido el Gobierno y las FARC-EP, son una oportunidad para realizar reconocimientos generales, solemnes e incondicionados de su responsabilidad general en el conflicto y en las violaciones cometidas en él. A ello deben seguir gestos particulares como parte de los actos que se realicen durante la implementación de procesos de reparación colectiva o como parte de gestos durante la implementación de pactos de convivencia pací ca al interior de comunidades. Sin perjuicio de estos gestos, las revelaciones y los debates a que dé lugar el trabajo de la Comisión de Verdad debieran traducirse en nuevas expresiones de reconocimiento de responsabilidad, algunos de ellos generales y otros más específicos. Lo mismo debiera ocurrir ante la comparecencia ante la Sala de Reconocimiento de Verdad y Responsabilidad u otras instancias de la Jurisdicción Especial de Paz o que deriven de sentencias judiciales.

Por ello, y habiendo revisado lecciones que derivan de experiencias comparadas, es útil exami- nar algunas de las disculpas y reconocimientos de responsabilidad ya efectuados en Colombia. Estos pueden ser contrastados con la definición hecha por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso El Mozote, o con los principios enumerados en la sección anterior.

a. Carácter inequívoco de la declaración de responsabilidad por violaciones particularizadas

Existe gran variedad en cómo los actos de perdón o de reparación simbólica han sido expresados en Colombia. Sin embargo, no en todas ellas hay un reconocimiento explícito y particularizado de responsabilidad por las violaciones cometidas, que aclare de qué hechos u omisiones se reco- noce responsabilidad o se explique cómo fue posible que se llegaran a cometer tales violaciones. El discurso del ministro del Interior durante la ceremonia de reconocimiento de responsabili- dad del Estado en el asesinato del senador Manuel Cepeda (9 de agosto de 2011) es un buen ejemplo de reconocimiento inequívoco. En él se reconoció no solo que la acción fue cometida por agentes del Estado, en conjunto con miembros de grupos paramilitares, sino también que fue parte de un “contexto de violencia generalizada contra miembros de la Unión Patriótica, por acción u omisión de funcionarios públicos”, parafraseando la sentencia de la Corte Interameri- cana de Derechos Humanos.

Otro ejemplo de reconocimiento inequívoco es el presentado por el postulado Freddy Rendón a raíz de la sentencia dictada en su contra (octubre de 2011). En él, el ex paramilitar no intenta justi car su accionar y rechaza todo tipo de posible justi cación. En la ocasión precisó el gran error de su motivación dado por un patriotismo equivocado y también

Que nuestro amor por la región y nuestro ánimo de defendernos de una agresión real, nos llevó por el camino errado, por el camino de la violencia, por el camino de la destrucción de aquello que realmente queríamos defender.

Aunque esto se acerca a una justificación, la distinción entre explicitar las motivaciones por las que luchó y rechazar el uso de la vía violenta en dicha lucha es lo que le otorga el carácter inequívoco. En su discurso, Rendón señala las diferentes violaciones de las que es responsable, incluyendo particularmente su rechazo y el carácter de injustificable del reclutamiento de niños. Estos dos casos, si bien obedecen a órdenes judiciales y no fueron presentados en forma espontánea, contienen mensajes más contundentes que muchos de los otros gestos que se pueden analizar. El discurso presentado por un o cial del Ejército, también en respuesta a una sentencia judicial, por la responsabilidad de este en la masacre de Naya (junio de 2015), se limita a reconocer “los errores cometidos por algunos malos procedimientos.” La ceremonia se restringe a las siete víctimas de que trata la sentencia, en lugar de la responsabilidad en hechos de violencia más generalizados. Tampoco es suficiente lo señalado por el Presidente Uribe al dar inicio a la entrega de reparaciones en el marco del Decreto 1290 de 2008, en Popayán (5 de julio de 2009). En esa ocasión no hubo expresión de reconocimiento alguno de responsabilidad, y la misma norma indicaba que la reparación era consecuencia de un deber de solidaridad, no de responsabilidad.

b. Sinceridad de las disculpas

En general, se observa que los actos de reconocimiento realizados han sido sinceros. Ello se refleja en el lenguaje empleado, pero también en la motivación que hay detrás de ellos, en su carácter desinteresado (es decir, no pretender obtener ningún bene cio como consecuencia de las disculpas) y en la existencia de otros gestos coherentes que indican un patrón de reconocimiento, o en la existencia de otros mensajes que parecieran demostrar una intención real de asumir responsabilidades. Sin embargo, en algunos de los gestos analizados ello no ha sido tan claro.

La evaluación de la sinceridad de un gesto de reconocimiento y petición de perdón puede ser algo subjetivo. Por ello dicha evaluación debe hacerse a partir de varios elementos que sí debieran ser observables. El lenguaje utilizado tanto por las FARC-EP como por Rendón refleja ese carácter desinteresado, lo que permite considerarlos como sinceros. En ambos se reconoce que por el hecho de pedir perdón no merecen el perdón de las víctimas. La humildad con la que ellos se entregan reafirma la sinceridad del mensaje. En el caso del primero, la sinceridad fue reforzada por la emotividad de la ceremonia, la gestualidad y las expresiones de arrepentimiento y emoción de Pastor Alape durante la lectura del mensaje de las FARC-EP.

El carácter incondicionado de la petición de perdón es un elemento importante de los gestos realizados. En ellos no se ha pedido, ni siquiera insinuado, que las víctimas, a su vez, deben perdonar. Dicho riesgo es particularmente serio cuando se confunden reconciliación personal con reconciliación política o cuando se le atribuyen connotaciones morales, religiosas o de recomposición de lazos que van más allá de la aceptación cívica a las expresiones de reconocimiento de responsabilidad. Se puede pedir perdón, pero no se puede pedir ser perdonado. Ello es particularmente importante de considerar dado el papel que se asigna en los acuerdos de paz a las iglesias y entidades religiosas en la coordinación de actos tempranos de reconocimiento de responsabilidad colectiva. Dicha participación puede ser una contribución valiosa, siempre que no impongan o dejan entrever, incluso en forma no explícita, la carga a las víctimas de que ellas deban perdonar.

No obstante, la sinceridad no está dada exclusivamente por la emotividad, sino por la coherencia entre lo dicho y todo lo demás que se dice y hace. La sinceridad se re ere a la honestidad del mensaje, que se comprueba con la entrega de información sobre las violaciones cometidas, la colaboración con otros procesos de justicia y reparación y el grado de compromiso para responder en aliviar las consecuencias de las violaciones, como se verá más adelante.

Si bien la espontaneidad del mensaje es un factor para determinar su sinceridad, lo que podría llevar a cuestionar la sinceridad de aquellos gestos ordenados por sentencias judiciales, el análisis de los gestos no puede limitarse a ello. Por eso el análisis debe ser más completo que limitarse a la mera espontaneidad. El contenido de los mensajes dados en la ceremonia de reconocimiento de responsabilidad del Estado por el asesinato del Senador Cepeda, el mensaje entregado por Rendón y la declaración de Edwar Cobos en relación con la masacre de Mampuján (18 de enero de 2012), a pesar de ser respuestas a órdenes judiciales, parecen sinceras.

c. Reconocimiento de la dignidad de las víctimas

Varios de los actos de reconocimiento de responsabilidad analizados incluyen un reconocimiento de las víctimas ya sea como legítimos luchadores de sus derechos, de los derechos de otros o como personas inocentes. Ello está explícitamente incluido en la ceremonia sobre el asesinato del Senador Cepeda; la retractación y el perdón dado a la Comunidad de Paz de San José de Apartadó (10 de diciembre de 2013); la petición de perdón de Freddy Rendón; y la petición de perdón hecha por las FARC-EP en Bojayá.

No es el caso de la ceremonia efectuada por el Ejército en relación con la masacre de Naya, que fue precisamente criticada por una víctima por no haber incluido una declaración explícita sobre la inocencia y el buen nombre de las víctimas, que fueron acusadas de ser narcotraficantes o guerrilleros.

d. Participación de las víctimas

Varios de los actos mencionados han incluido la participación relevante de las víctimas, ya sea en su organización, como en su participación en la ceremonia haciendo discursos o realizando gestos u otras expresiones. Ello es particularmente destacable en la ceremonia realizada en Boja- yá, donde las protagonistas fueron las víctimas, quienes prepararon la ceremonia y actuaron de anfitrionas. Eran ellas las que estaban ahí para recibir la petición de perdón de las FARC-EP y las que protagonizaron la mayoría de los momentos, discursos y actuaciones ceremoniales.

El acto mediante el cual el Presidente Santos se retractó de las imputaciones hechas por entidades del Estado a la Comunidad de Paz de San José de Apartadó produjo un grado de satisfacción parcial, al reclamar las víctimas no haber sido informadas previamente, invitadas a coorganizarlo, ni incluidas en ningún modo. El pronunciamiento del Presidente fue dado como parte de un discurso referido a la política de derechos humanos, donde el gesto a la comunidad fue solo una parte. Esta es también una de las críticas más importantes hecha por la gobernadora del Resguardo Indígena Kitek Kiwe al acto sobre la masacre de Naya, donde reclamó que no todas las víctimas fueron invitadas y que ellos debieron nanciar el traslado de los asistentes a la ceremonia.

e. Compromiso particularizado de no repetición

Los discursos sobre no repetición abundan, habiendo sido universalizados en el compromiso de “nunca más”. Sin embargo dichos mensajes pueden ser vacíos si no se particularizan en las medidas concretas que se han adoptado o que se garantizan para el futuro y que responden directa- mente al examen de los hechos que causaron a violación. Por ello, los actos de reconocimiento de responsabilidad que deriven de los acuerdos de paz tienen mucha importancia, pues se hacen como parte de un proceso en el cual se asegura el compromiso por la paz, tanto por parte del Estado como de las FARC-EP. No obstante, aun dados en ese contexto, pueden ser insuficientes si los gestos no van acompañados de compromisos más específicos que el de mera renuncia al uso de la violencia política.

Conclusiones

Son cruciales el contenido, la forma de expresión, el tono y el momento oportuno de las disculpas, como lo son también la secuencia con otros mecanismos de rendición de cuentas, incluyendo también otros gestos de disculpas, y transformaciones políticas que garanticen la no repetición o la superación de condiciones que llevaron a la violencia.

En algunos casos, como el de las disculpas de Canadá por los internados escolares para indígenas, diversas formas de reconocimiento precedieron las disculpas del primer ministro canadiense John Harper, incluyendo informes propiciados por el gobierno, un acuerdo en un litigio colectivo y la ejecución de pagos y servicios de reparación.

Con frecuencia la presentación de disculpas forma parte de las recomendaciones de instituciones de búsqueda de la verdad, como la CVJR de Kenia, que aportó recomendaciones concretas so- bre cómo definir las disculpas necesarias y los delitos que debían reconocer. En otros casos, han sido las víctimas y los grupos de víctimas quienes han dado el mayor impulso para conseguir una disculpa y han contribuido a decidir cuándo y cómo deben estas presentarse, demostrando que sus aportes son esenciales.

Las disculpas públicas son un elemento importante de las políticas de justicia transicional. Cuando se llevan a cabo de una manera significativa y sensible a las necesidades morales y materiales de los sobrevivientes y las víctimas, pueden trasmitir eficazmente el reconocimiento, en algunos casos por primera vez, de lo que los sobrevivientes y las víctimas sufrieron o perdieron. Cuando se expresan de manera solemne e inequívoca, transmiten un reconocimiento claro de las responsabilidades del Estado, grupos armados e individuos, no solo por el daño provocado sino por las causas del conflicto o la represión que condujo a tales daños. De esta manera, des- empeñan un importante papel dando sentido a las reparaciones y a la promoción de esfuerzos por reformar las instituciones y garantizar la no repetición.

El proceso de llegar a consensos en torno a la necesidad de una expresión de disculpas puede ayudar a las sociedades a hacer frente a su pasado, a rearmar valores compartidos y a cumplir sus obligaciones con las víctimas como seres humanos y ciudadanos en el presente y el futuro. Aunque las disculpas por sí solas nunca puedan aportar todo el alivio que las víctimas y las sociedades necesitan para sanar, sí pueden constituir un paso hacia la reconciliación y una paz sostenible.

En el caso de Colombia, ha habido avances significativos en el reconocimiento de responsabilidad. Sin embargo, esos gestos pueden ser más inequívocos, específicos e ir acompañados de acciones concretas que demuestren su sinceridad. Dichas condiciones permitirán que estos gestos ayuden a consolidar la paz.

Fecha de publicación: 
17/11/2016
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